domingo, 31 de mayo de 2015

EDUCAR

  "Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres" (Pitágoras)
 “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”
 (B. Franklin).
Hace tiempo que no escribo nada  nuevo en el blog y ahora Quique nos propone hacer una composición escrita sobre  Educación; como el tema es serio, empiezo con  dos frases  de personajes famosos que sirven de ambientación. La primera es de Pitágoras: "Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres". Esta  frase del filósofo y matemático griego del s. VI a.C. va dirigida a los padres, maestros y educadores en general y habla de la relación entre la educación desde la infancia  y  la capacidad de pensar libremente; la ignorancia del hombre no educado le impide pensar por sí mismo, quedando sometido a los deseos y mandatos de los demás. Por el contrario, la educación permite al hombre pensar por sí mismo, ser libre y responsable de sus actos, por eso  el educador  enseña y cuando se enseña, se aprende, y cuando se aprende no es necesario utilizar el castigo...
La segunda frase la recojo de Benjamín Franklin (1706-1790),  estadista y científico estadounidense,  que escribe: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.  Es un pensamiento que dijo un aprendiz dirigiéndose a su profesor, y manifestando que hay distintos modos de enseñar y no todos son igualmente válidos; es esta una frase que deberían tener presente los maestros y profesores si quieren que sus enseñanzas sean eficaces. 
Pero ¿qué es educar? Educar es algo más que enseñar, porque no es  simplemente transmitir conocimientos, sino  transmitir unos valores para que el aprendiz pueda ir construyéndose como persona con sus talentos, sus capacidades, sus habilidades y también con sus peculiaridades propias, de manera que crezca como persona autónoma y pueda  tener sus propios pensamientos ante la vida. Para ello, el educador tiene que saber que su tarea es sembrar con paciencia, con comprensión, con ilusión y sobre todo, con mucha generosidad (sin esperar resultados inmediatos).
¿Quiénes son agentes de educación?
Principalmente la familia, la escuela y también, aunque de modo complementario, los amigos y personas de otros círculos de relaciones, como la parroquia, asociaciones culturales, deportivas, musicales, etc... Es en la familia donde desde la infancia  los padres  y a veces los abuelos educan a los hijos en  esos aspectos que no son meramente académicos, pues allí se aprende a convivir, a ayudarse mutuamente, a  responsabilizarse de las tareas comunes,  y sobre todo, con el ejemplo de los padres se aprende  la responsabilidad del deber y sobre todo, la generosidad. Ahora, en nuestra sociedad,  la familia ha cambiado y  delega  muchas  veces  sus competencias educativas en la escuela, de modo que las carencias educativas de la familia se reflejan en el comportamiento en las aulas.
Junto a la familia, los amigos y conocidos son claves en ciertos momentos de nuestra vida, incluso a veces la relación con estos círculos de amigos es tan educativa o más que el propio ambiente familiar.
Pero, sin duda, es en la escuela o centro escolar donde los maestros y profesores además de enseñar conocimientos, deben ser conscientes de que están educando personas.
En el vídeo que  para ambientar esta composición, he visto sobre la Institución Libre de Enseñanza, de Francisco Giner de los Ríos,  me he dado cuenta  del modelo innovador que supuso en su época el hecho de que alumnos y alumnas de todas las edades compartieran aula; el hecho de que el maestro debía motivar sus curiosidades y despertar en los alumnos el sentido de la responsabilidad; se fomentaba el ejercicio al aire libre y las salidas al campo como medio de aprendizaje natural. Estas ideas, que hoy encontramos en nuestros colegios como habituales y nada extraordinarias, en los primeros años del s. XX  supusieron una enorme revolución educativa.  Esta filosofía educativa que se vivía en la Residencia de estudiantes permitió que allí se formaran grandes filósofos como Unamuno, músicos como Manuel de Falla, pintores como Dalí, cineastas como  Luis Buñuel y grandes autores de nuestra literatura  (Lorca, Guillén, Salinas, Alberti, Miguel Hernández).
Pero el mayor éxito de esta filosofía educativa fue que mejoró el analfabetismo de nuestra España rural, pues la cultura llegó a los lugares más remotos y pueblos más pequeños de nuestra geografía: Mi abuelo, que iba a  la escuela en los años 1930, recuerda cómo a la escuela de su pueblo de Villacalabuey, en León, llegaron muchos libros nuevos para la lectura, cómo se podían oír en el gramófono canciones populares leonesas,  y cómo el maestro montaba con los alumnos mayores obras de teatro para todo el pueblo o incluso, pudieron ver en la casa del pueblo la primera proyección de una película, porque había llegado el cine a Villacalabuey.  Estas aventuras me las cuenta el abuelo y las ha dejado escritas para que ahora nosotros podamos saber algo de su historia.
Con los años mi abuelo estudió Magisterio y llegó a ser un excelente maestro en Valladolid, aunque en situación económica bien distinta. Pero sin duda, tengo en él un buen modelo de maestro.
Por eso, quiero terminar este escrito con un poema de Gabriel Celaya que, en mi opinión, resume perfectamente la vocación de mi abuelo,  de mis maestros y profesores y de todos los educadores que conozco. Sirva este escrito como homenaje de mi reconocimiento hacia ellos:

Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca...
Hay que medir, pensar, equilibrar...
y poner todo en marcha.

Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino...
un poco de pirata...
un poco de poeta...
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar,
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño,
irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que, cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera enarbolada.


Gabriel Celaya

lunes, 8 de diciembre de 2014

Carta al director

Estimado Sr. Director:
A través del periódico, El Diario Montañés, que usted dirige, quiero hacerle llegar al alcalde de Santander y al concejal de urbanismo mi protesta  sobre la escasa iluminacion de ciertas zonas de Santander.
Ocurre que, cuando me desplazo a mi instituto cada mañana, que suele ser antes de las ocho, hay zonas de la ciudad, en concreto la calle Camilo Alonso Vega, cuya única iluminación son los faros de los vehículos y las luces de los semáforos, manteniéndose la práctica totalidad de las farolas apagadas, con el correspondiente riesgo para la circulación.
Espero que me publique este escrito en su sección de "cartas al director", para que tenga repercusión en las autoridades y así solucionar este problema, especialmente en estas fechas navideñas en que la iluminación de la ciudad es un aspecto que merece especial atención.
Un saludo afectuoso, Julián Carrera de la Red.
DNI: 72190017-D

sábado, 8 de noviembre de 2014

Don Juan Tenorio (Halloween)



Acto VI

Escena 1






(La casa está llena de ataúdes que, según don Juan, donde reposan sus adversarios que mató al osar enfrentarse a él).


Juan. Tal es mi historia, señores. Y el emperador al oírla, dijo: “Hombre de tanto brío merece el amparo mío; vuelva a España cuando quiera". Y heme aquí en Sevilla para disfrutar de vuestra agradable presencia.

Centellas. Es honra inmensa.

Juan. ¡Ciutti! Pon vino al Comendador. Yo quitaré las telarañas que hay en la mesa que, a mi parecer, no son el mejor comensal en una cena.
Avellaneda. Don Juan, dejad esa locura. Que el Comendador no va a venir a cenar, porque está muerto, vos mismo lo asesinasteis.
Centellas. Brindemos a su memoria, y más en él no pensemos.
Juan. Yo no creo que haya más gloria que esta mortal. Mas por complaceros, ¡vaya! Que Dios te dé la gloria, Comendador (Se escuchan unos truenos que les hacen temblar).
Avellaneda. ¿Qué le pasa, don Juan? Le veo muy pálido.
Centellas. Es verdad, ¿qué le pasa? ¿Se encuentra bien?
Avellaneda. Creo que le mordió una araña cuando limpió la mesa.
(Don Juan cae rendido en la mesa; tiene la cara morada, con telarañas, y con profundas heridas, es un zombi).
Centellas. Le tiraré vino en la cara, para ver si se despierta.
(Don Juan se despierta de repente, y se oyen de nuevo más truenos).
Centellas. Creíamos que se había muerto, don Juan, aunque visto su aspecto, no se sabe a ciencia cierta.
(Don Juan murmura cosas ininteligibles, cuando de repente se oye que llaman a la puerta).
Avellaneda. Alguien llama, pero no teníamos previsto recibir a nadie.
Juan. Ciutti, si vuelve a llamar, suéltale un pistoletazo (Llaman más cerca).
Centellas. ¿Otra vez?
Ciutti. ¡Cielos! Que ha sonado en la escalera, no en la puerta de la casa.
Juan. ¿Pensáis que sea otro muerto, un amigo mío?
(Llaman más cerca).
Avellaneda. ¿Oísteis?
Ciutti. Por San Ginés, ¡que eso ha sido en la antesala!
Juan. ¡Ah! Ya lo entiendo; vosotros mismos me habéis dispuesto esta
comedia, a mí me habéis convertido en un zombi y habéis invitado a otros tantos.
Centellas. Señor don Juan, aquí hay escondido algún misterio.
(Vuelven a llamar más cerca).
Ciutti. Y ya en el salón ha sido.
Juan. ¡Señores! ¿A qué llamar? Los muertos se han de filtrar por la pared.
Avellaneda. Aquí el único muerto que hay es vos, don Juan.
Centellas. Yo expiro.
Avellaneda. Yo desfallezco.
    Los dos caen desvanecidos.